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domingo, 11 de octubre de 2020

Carlos y su libertad

 

Ésta historia es ficción, basada en algo que realmente me sucedió el otro día, pero exagerando un poco la situación real, cambiándome a mí por mi personaje, aunque no demasiado. Espero que lo disfruten, y puedan difundirlo, porque no es sólo una historia más, es también una denuncia ciudadana al poco cuidado que se tiene, un intento de desenmascarar la realidad que viven muchos que se ven obligados a tomar transporte público.

 

Carlos es un joven de 21 años. Le gusta vestir con pantalón de Jean Chupin, con agujeros en sus rodillas, remera rota, campera de cuero y su ya característica cresta. Usa piercings en el labio, nariz y ceja. Tiene ambos brazos llenos de tatuajes, que para el resto no significarán nada, pero para él es arte, y significa todo.

Es un buen chico, nunca le hizo daño a nadie, nunca discutió con nadie, pero aunque parezca mentira en la época actual, la gente aún lo mira raro simplemente por cómo se viste.

Como muchos otros jóvenes, hace casi 7 meses que no sale de su casa, apenas habrá salido un par de veces para ir a comprar.

Como muchos otros jóvenes, el miedo que le implantaron es más fuerte que su actitud rebelde, que su propio pensamiento crítico, y le es inevitable, ver a cada alma como el enemigo que le quiere hacer daño.

Pero hubo un cambio en su rutinario encierro, con el cuál estaba cómodo. El Viernes 9 de Octubre de Pandemia, tuvo que salir.

Tenía que viajar a Once, muy a su pesar, a conseguir materiales para que pudiera seguir desarrollando su actividad sin salir.

Después de casi 7 meses de encierro, se armó de valor, y estaba listo para enfrentar el mundo nuevamente. Sabía que éste encierro no sería eterno, pero realmente, no sabía que prefería.

Salió a las 11 de su casa, llegó a la parada del colectivo que lo llevaría a la boca del Subte, el cuál imaginaba que estaría casi vacío.

Subió al colectivo, sacó su boleto, y contempló que no era todo tan grave como él pensaba. El colectivo iba casi vacío, poca gente. Todos, obviamente, sentados, cada uno con su tapaboca y Carlos suponía que con sus botellitas de alcohol.

El primer viaje fue corto, no subió mucha más gente, por lo que bajó del colectivo, si no contento, al menos conforme y más…seguro, por así decirlo.

Fue con ánimos renovados hacia el subte, pensando que sería todo mas sencillo y rápido de lo que suponía… pobre Carlos, que errado que estaba, sin saberlo, estaba yendo al peor lugar que podía ir alguien con sus miedos al contagio.

 Pasando los molinetes, no vio demasiada gente, todo iba bien, pensó. Habían dos oficiales de policía en los mismos, suponía que pidiendo permisos a todo el que quisiera pasar, pero vaya sorpresa se llevó al ver, mientras preparaba el suyo, que nadie pidió nada. Ya esto no le gustó, porque para que hacer un permiso de circulación si después nadie te lo pide. Pero estaba con el tiempo justo, el lugar cerraría dentro de no mucho, y tenía que apurarse. Bajó las escaleras mecánicas, luego las comunes, y apenas se había cruzado con una sola persona. Vio que no había prácticamente nadie, sólo 3 personas desperdigadas en toda la estación, más que suficiente para mantener las distancias necesarias.

 

Se puso entonces, a esperar que llegara la formación. Dado que estaba en estacipon terminal, sabía que al subir estaría vacío. No había pasado ni 5 minutos y ya llegaba una formación, con gente que bajó, dando lugar a los 5 que aguardaban a subir.

Pero un anuncio informa que la formación no saldría, que deberían esperar al próximo.

No creyó que fuera muy grave, ¿cuánto tardaría, unos 5 minutos? Subirían que, ¿3 o 4 personas más?...pero el tiempo pasaba.

La siguiente formación llegó a los 25 minutos de que llegara la anterior, permitiendo una acumulación importante de gente en la estación, donde nadie, excepto él, respetaban el distanciamiento. Todos apresurados por subir a la formación y poder sentarse.

Él supuso que el apuro de los demás, se debía a que, una vez todos sentados, ya no podrían subir más, por lo que también se apuró, vio un asiento de a tres alejado del resto, y se sentó.

El subte finalmente se llenó, y la gente siguió subiendo…iban parados, agarrándose de las manijas, barandas, etc. Tocando todo con sus sucias manos. Nadie con el alcohol a la vista.

Comenzó a sentirse ahogado, encerrado. Por primera vez no le dolía que la gente lo mirara con cara rara, con desconfianza. Por primera vez agradeció ser un marginado y que nadie se sentara a su lado.

Pensó que nada podría ser peor que ésto, pero al llegar a otra de las estaciones centrales, vio cómo la cantidad de gente que subía, superaba 3 o 4 veces la que bajaba, haciendo que estén todos apretujados, ahí parados, uno al lado del otro, sin tener ni un mínimo del distanciamiento que tenían que tener.

Viajó con miedo, mucho miedo como nunca había sentido en su vida, hasta la estación donde tendría que bajar. Cuando se levantó, vio dos personas que se apuraron a sentarse en el lugar que él dejaba y otra al lado, apretujadas ya que eran ambas más grandes que él y no entraban claramente en ése espacio. Decidido a salir de ese enjambre cuanto antes, tratando de no rozar a nadie, salió a la estación, y vio el tropel de gente que entraba al subte ya sobrepoblado, empujándose como si no estuviéramos en pandemia y cuarentena.

Y luego estaba la gente que le pasaba por el costado, los que bajaron, como él, en estación Pueyrredón, y NINGUNO se puso alcohol al bajar, ninguno tuvo cuidado de no rozar a otros.

Nunca se sintió así, esquivaba a la gente como si fueran flechas en llamas que lo quemarían y asesinarían. Empezó a perder el aliento, necesitaba salir de ahí ya mismo, no podía estar un segundo más ahí adentro. Se apresuró a salir, la gente como siempre, al verlo acelerado y con su pinta, lo dejaban pasar, mirándolo con miedo, mientras no sabían que era él quien estaba atemorizado. Temblaba de pies a cabeza cuando logró salir a la calle. Temiendo realmente por su salud. No estaba preparado para ésto, no estaba preparado para salir y ver semejante aglomeración de gente.

Peor aún cuando salió al exterior. Se encontró con un Once lleno de gente, la mayoría con sus tapaboca, pero mucha gente igual, saliendo a comprar, varios en grupos. No entendía cómo la gente podía ser tan inconsciente.

Pero después se puso a pensar. Ni siquiera el Estado cuida a la gente, fingen, dictaminan reglas que nadie cumple y no hay pena por no hacerlo. La deficiente frecuencia del subte, demuestra que ni al Estado le importa que la gente se distancie. Miles con trabajos en negro tienen que exponerse a diario, porque si no, no comen, y es una realidad.

Todo esto hizo que Carlos se replanteara si realmente, tanto miedo que le metieron en su cabeza, era tan grave como aparentaba. ¿Realmente había un Virus? ¿Realmente había que temer al ser humano que está al lado nuestro? ¿Realmente tenía que seguir siendo esclavo de sus propios miedos, impuesto por los medios y el sistema?

Carlos se dio cuenta, que tenía en éste momento dos opciones. Seguir con miedo, encerrarse más que antes y no salir para nada, o desprenderse de éstas trabas, luchar contra esos monstruos inexistentes y romper las cadenas invisibles que lo aprisionaban.

Sin pensar más en el mañana, sólo en el hoy y ahora, Carlos se sacó su tapaboca, y respiró, por primera vez en 7 meses, el aire de la libertad. Enterró sus miedos, retomó el control de su vida y VIVIÓ!!!

 

domingo, 4 de octubre de 2020

Trabajar Vs … ¿Cuidarse?

Trabajar Vs … ¿Cuidarse?


Ante la situación pandémica de encierro que vivimos hoy, se abrió en la sociedad

una nueva disyuntiva. 

Salgo y voy a trabajar para comer, o me quedo encerrado, comiéndome los pocos

ahorros que tengo? 

La cuestión no es tan simple como para resolverlo con una pregunta de si o no. 

Al principio de la cuarentena, hacés 6 meses y poco más atrás, hubiese dicho: 

“Hay que encerrarse, vivís con personas de riesgo, tenés que cuidarlos a ellos….

pero… ahora? 

Con una situación económica a nivel país que nos va consumiendo cada vez un

poco más, tenemos que tomar una decisión como individuos. 

Muchos no tenemos la "Suerte" de tener un trabajo en blanco, en relación de

dependencia, con un ingreso fijo mensual que nos permita proyectarnos al

menos, hacía el próximo mes. Tenemos que resolverlo trabajando por nuestra

cuenta, con nuestras capacidades o adquirir nuevas. A veces esto se puede

realizar desde la seguridad de nuestras casas, manteniendo así un correcto

equilibrio entre poder trabajar y cumplir el aislamiento impuesto. 

Pero qué pasa cuando esto no es posible? Cuando, por falta de herramientas o

conocimientos, o también porqué no, de oportunidades, no nos queda más

remedio que salir y trabajar afuera. 

Tenemos muchos ejemplos de esto, desde los repartidores, personal de salud,

de seguridad, también oficios, cómo electricistas, plomeros, gasistas y más.

Qué hacer cuando nuestra única oportunidad de generar algún tipo de ingreso,

implica que tengamos que salir a la calle, ir a los domicilios de otras personas,

arriesgando nuestra salud y la de los que amamos. ¿Qué hacer? Gran dilema

¿No? 

Acá tenemos que definir, a nivel individual y a nivel comunidad, dónde, o cuándo

pasar ese límite autoimpuesto y salir al mundo exterior. A tratar de seguir adelante

como se puede arriesgandonos lo menos posible. 

Es una cuestión muy compleja, a la que cada individuo decidirá personalmente,

según sus posibilidades y características que los rodea, cómo actuar. 

Pero como sociedad deberíamos plantearnos...no, me corrijo, DEBEMOS

plantearnos hasta cuándo seguir con esto. Hasta cuándo vamos a dejar que el

miedo domine nuestras vidas, encerrándonos y dejando que la vida nos pase de

costado? Porque así, tanto queremos proteger esa vida, que la dejamos que se

nos escape... entonces, para que la protegemos, si no podemos vivirla? 

Es lo mismo, y acá recurro a quienes sean padres y madres para que me corrijan

si me equivoco, ya que no puedo hablar más que del supuesto, que querés tanto

a tu hijo o hija, que para que no sufra nada del mundo exterior (Durante era no

pandémica) lo encerras en tu casa, que no vaya al colegio, que no tenga contacto

con otros seres humanos que puedan hacerle daño, que no crezca como

corresponde, porque tengo miedo de que le pase algo malo….en serio?

Van a privar a sus hijos de vivir lo hermoso de la vida? No lo creo, ¿verdad? 

Bueno, exactamente ESO es lo que estamos haciendo muchos hoy, con nosotros

mismos y con los que amamos. No me malinterpreten, no se vayan 120 personas

a un boliche todos hacinados, no salgan a la calle sin ningún cuidado, Tapaboca,

alcohol preparado, mirado a alrededor y prestando atención a lo que tocamos y

que no, hoy tenemos que cuidarnos más que antes, ésa es una realidad

innegable, no rompan sus cuidados, sus protocolos y sus cuarentenas,

sólo porque me aburro en casa. 

Pero tampoco dejen que el miedo los domine, porque se nos pasa la vida, y esto

va a seguir así, mucho tiempo más, los días se suceden como horas, semanas

como días y meses como semanas. Cuando nos queramos acordar, se cumplirá

un año de encierro, de aislamiento absoluto. Y ahí mi querida gente, es cuando

el miedo, el temor… el virus mismo habrá ganado. 

Hace poco hablando con un familiar, me dijo estas mismas palabras,

“no podemos vivir con miedo”.

Y estoy de acuerdo, no podemos dejar que el miedo nos paralice, no podemos

dejar que el miedo se convierta en nuestra cárcel. Que nuestro hogar, ese lugar

seguro dónde encontrábamos confort ante un mal día en el exterior, se convierta

en el símbolo de la depresión, la desesperanza, y el miedo.

Que nuestro hogar no se convierta en el símbolo de la pérdida de nuestra libertad.

Porque después no tenemos otro lugar al que correr a escondernos, ya no nos

queda un lugar de confort al cual llegar y dejar afuera los problemas. 


Pensamientos sueltos de Ezequiel D’Astolfo